Cerca del Cabo de Gata, a menos de 30 km de la costa que va de Mojacar a Carboneras, hay una zona que en tiempos anduvo cubierta por el mar y que ahora es un secarral maravilloso tunelado por múltiples galerias y cuevas. Es lo que tiene el yeso, se disuelve en agua, y las moles del mineral que resultaron al desecarse el lago que sucedió al mar han quedado en eso. En torno a Sorbas algunas barriadas y cortijadas abundan en peculiaridades geológicas. Antiguos arrecifes, barrancas, playas de fósiles, parajes que hace millones de años estaban en otro sitio y eran otra cosa. Da que pensar.
A las cuevas se accede desviándose de la carretera que va a Sorbas, en dirección a los Molinos del Río Aguas. No diréis que el nombre tiene doblez. A un kilómetro paramos el coche y andamos unos metros a pie hasta alcanzar la instalación donde se recibe a los turistas. Tras cinco minutos recorriendo el desfiladero de paredes de cristal que ha creado la cuenca del río, ya nos encontramos en la entrada preparada para acceder a la gruta, la única horizontal.
Cuentan que en el terreno hay más de mil, todas ellas verticales, de difícil acceso y cubiertas de maleza. Muchas de ellas se han conocido contando ovejas, eran menos las que regresaban por la tarde que las que salían por la mañana. Dicen que les ha ocurrido lo mismo a algunos paseantes.
La cueva cambia su forma de continuo, es una cueva viva. Las lluvias alimentan el cauce del río discurriendo por su interior. El yeso no es un buen cimiento, el agua lo devora, él cede, y así, los cerca de cuarenta metros de montaña de encima aprietan su techo y paredes obligándo a la cavidad a cambiar dimensiones. Uno evita pensar que pueda vencerse la roca que tiene al lado o sobre su cabeza, igual que evita pensar que cuando sale con el coche por la mañana para ir a trabajar pueda estar iniciando el último viaje de su vida.
Cabras, ovejas, sol, olivas, chicharras, paisaje, cauces sin agua y nombres reivindicativos. En este paraje llueve cuatro o cinco días al año. Gracias a ello el metabolismo de la cueva se refrena. En su interior, previo a iniciar nuestro retorno hacia el exterior, apagamos las luces y callamos. Una sensación maravillosa, un silencio perfecto. Algo antes, la guía bromea al aprovechar la situación para amenazar con despedirse de nosotros allí mismo.
Sorprende pensar que el material de la cueva es el mismo que cubre las paredes de nuestras viviendas. Han hecho falta millones de años para que esas moles se crearan y disponemos de ellas como si fuera para siempre. En un plano algo más crítico encontramos una actitud similar en la manera como disponemos del petroleo. Pero no es lo más grave, en general disponemos del aire, el agua y la tierra como si fueran para siempre.
Durante estos días hay una palabra que me ha obsesionado, sostenibilidad. Veo las construcciones, el modelo de vida que tenemos, los residuos que generamos, tanto gasto caprichoso e innecesario y me preocupo. Esto es antes de coger el coche y encender el aire acondicionado para llegar fresquito al chiringuito y tomar una paella
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